El mundo se mueve
y España en él más,
gira que te gira
la nave orbital
en busca de un sueño:
la felicidad.
¿Estará en la Luna
o en Marte, quizás?
¿Nos caerá esa breva
en la brevedad
que le impone al hombre
su curso vital?
Todo yo daría
porque esa verdad
no tuviera fecha
de caducidad,
que alcanzado habríamos
la fe capital
en la inteligencia
de la humanidad.
-Progreso, receso…
¿dónde se hallarán?
-Tú calla, viajero,
déjate llevar
porque dependemos
de un sueño ideal
que jamás se cumple
en su integridad.
Igual que los pájaros…,
a volar, volar.
a.sotopa@hotmail.com
918470225
lunes, 5 de octubre de 2015
jueves, 1 de octubre de 2015
A Luis Alberto de Cuenca, con el laurel en la frente
Érase una vez
un poeta claro
al que los elogios
le traían al pairo.
Con crear su obra
ya estaba bastado,
un día tras otro
en la diana dando.
Culto cual ninguno
de sus coetáneos,
pasaba las noches
rima o no rimando,
pero enardecido
junto al folio en blanco,
pensando en Catulo,
Plutarco y Calímaco,
a ver si bajaban
sus musas volando
desde el Helicón
o el Monte Parnaso
a su mente lúcida
como por ensalmo.
Y sí que bajaban
y con ellas Safo
desde Lesbos, dama
del Mediterráneo
a la que adoraba
e imitaba al caso.
Y es que tales lúminas
le daban el cambio
a Tintín, Milú
y los cómics básicos,
los textos artúricos,
los temas románticos
y las sagas nórdicas…,
previos como ensayos,
que le encandilaban
con el sueño al raso.
Llegaba también
con sus dardos Lázaro,
dardos de palabras
cazadas a lazo.
Gran lazo era él
allá entre los clásicos
y entre los modernos
con ambos a mano
sobre el escritorio
de libros colmado.
Se llamabas Luis
Alberto Concabo,
es decir De Cuenca,
el por mí muy amado.
Y mostraba gracia
y lucía un ramo
de laurel florido
en su imaginario.
¡Oh, señor, qué hombre!
¡Oh, señor, qué cráneo
tan abastecido,
tan privilegiado!
Pues la vida es breve,
gócenlo a diario,
ya que nos la enseña
en verso-veranos,
que van de uno a otro
y de labio a labio
con la gloria asunta,
dicho sea de paso.
¡Premio Nacional,
qué menos, paisano!
Con Quevedo y Lope
lo llevo arrimado,
y con Espronceda
y con no sé cuántos
poetas que han sido
un rayo, un milagro.
a.sotopa@hotmail.com
918470225
un poeta claro
al que los elogios
le traían al pairo.
Con crear su obra
ya estaba bastado,
un día tras otro
en la diana dando.
Culto cual ninguno
de sus coetáneos,
pasaba las noches
rima o no rimando,
pero enardecido
junto al folio en blanco,
pensando en Catulo,
Plutarco y Calímaco,
a ver si bajaban
sus musas volando
desde el Helicón
o el Monte Parnaso
a su mente lúcida
como por ensalmo.
Y sí que bajaban
y con ellas Safo
desde Lesbos, dama
del Mediterráneo
a la que adoraba
e imitaba al caso.
Y es que tales lúminas
le daban el cambio
a Tintín, Milú
y los cómics básicos,
los textos artúricos,
los temas románticos
y las sagas nórdicas…,
previos como ensayos,
que le encandilaban
con el sueño al raso.
Llegaba también
con sus dardos Lázaro,
dardos de palabras
cazadas a lazo.
Gran lazo era él
allá entre los clásicos
y entre los modernos
con ambos a mano
sobre el escritorio
de libros colmado.
Se llamabas Luis
Alberto Concabo,
es decir De Cuenca,
el por mí muy amado.
Y mostraba gracia
y lucía un ramo
de laurel florido
en su imaginario.
¡Oh, señor, qué hombre!
¡Oh, señor, qué cráneo
tan abastecido,
tan privilegiado!
Pues la vida es breve,
gócenlo a diario,
ya que nos la enseña
en verso-veranos,
que van de uno a otro
y de labio a labio
con la gloria asunta,
dicho sea de paso.
¡Premio Nacional,
qué menos, paisano!
Con Quevedo y Lope
lo llevo arrimado,
y con Espronceda
y con no sé cuántos
poetas que han sido
un rayo, un milagro.
a.sotopa@hotmail.com
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